“Un viejo nos refirió lo siguiente: Era un joven guanche de la nobleza del gran Tinerfe, el que dedicándose con vivo ardor á comilonas y banquetes y al juego de apuestas, llegó hasta el punto de consumir todos sus ganados. Viéndose completamente perdido, desde Goimar donde residía, fué á parar á las cumbres de Vilaflor. Allí aburridísimo invoca á Guayota (el duende del Teide), aparécele un fantasma que le impulsa adelante. Andando andando encuéntrase entre unos gigantescos pinos, donde sale á su encuentro una vieja que lavaba unas pieles en una charca. La vieja le dice: "Vuelve atrás que vas perdido que por aquí no se sube á la residencia de Guayota (el Teide); si éste es tu deseo continúa por este risco arriba". Al poco rato sentadas al pié de una cascada de cristalinas pero aciduladas aguas (agrias) halla á tres hermosas guanchas llamadas según ellas Vilaflor, Jaruma y Tindalla. Como la Vilaflor estuviera lavándose los piés, cójela una soleta de su calzado y se marcha huyendo, pero ella le grita que se la vuelva y se casará con él. Entrégasele y Vilaflor le dice: -pues bien yo te ayudaré; mi padre es Guayota (el diablo) á quien tú buscas y estas otras dos jóvenes tan bellas mis hermanas; mira ahí viene, si te envía con un gánigo á sacar agua de otra vasija muy grande, es para empujarte y ahogarte, no vayas, le dices que tu no eres plebeyo.
Le conduce Vilaflor á su cueva y el padre entonces ordena que para casarle con su hija, habría de ir á la montaña cercana, zorribarla, sembrarla y recoger las habas maduras. Fué á ello con Vilaflor dejando éste una saliva encima de una laja dentro de su gruta, la que respondía por ella á todo lo que desde su cueva le preguntaba á gritos su padre Guayota. Entrególe al fin las habas, pero de nuevo le ordenó que fuera al mar en busca de un collar de cuentas de barro almagre que su mujer había perdido cuando se estuvo bañando. Fué también en busca del collar y un anillo de barro, pero en compañía de Vilaflor; al llegar á la orilla del mar ordenó ella que con una punzante tabona la picase en un brazo y recogiese la sangre en una pequeña calabaza de agua que al efecto llevaba y que tuviese mucho cuidado al arrojarla al mar de que no se le derramara ni una sola gota y que además tocara el Taxaraste y el silvato para no dejarse dormir, teniendo sumo cuidado y el oído alerta para acudir á sacarla del agua tan pronto como le llamase; cansada de gritar ella y medio dormido él oyó los gritos y acudió á sacarla del agua ya medio muerta, tendiéndola en la playa. Como derramó una gota de sangre fuera del mar, Vilaflor llegó a tierra con un dedo menos en su mano derecha, aunque trayendo el collar y el anillo.
Al llegar á su cueva rendidos de cansancio oyeron los gritos de Guayota que decía -venga el collar y el anillo, sinó mueres-. Se los presentó y entonces la mujer dice a Guayota -ya ves que es más diablo que tú, pues ha traído lo perdido en el fondo del mar. -En vista de esto dícenle que le ván á casar con una de sus hijas. Para escoger una de las tres hace que éstas introduzcan á través de un tabique de cañas sus manos, y nuestro héroe tira de la que le faltaba el dedo que era Vilaflor y el padre se la dió para él.
Ya de noche Vilaflor dice á su marido. -Esta noche padre nos viene á matar a los dos. – Para evitarlo acordaron llenar dos zurrones de cabra con sangre de oveja y viento y los colocaron en la cama tapándolos con pieles y se huyeron hacia Adeje. Llegó el padre sigilosamente á media noche á la cueva del nuevo matrimonio y de repente empieza á macanazo (garrotazo) limpio hasta cansarse, y por último los pinchó muchas veces con su lanza de barbuzano (madera) y como soplaba el viento creía que eran suspiros de los moribundos hijos; abiertas las bocas de los zurrones, derramaron el rojo líquido y el Guayota se retiró persuadido de que había desangrado á sus hijos y que ya eran cadáveres.
Al día siguiente la mujer de Guayota descubrió el engaño y á su marido se lo contó y riendo le decía: ¿Mira bien, no ves que son cueros? son ellos más diablos y hechiceros que tú; pero corre en su seguimiento y mátalos en el camino. Púsose en marcha y al ser reconocido por su hija transfórmase ésta en Mocan (árbol) y su esposo empieza á recoger en el suelo el fruto caído.
Guayota le pregunta por la pareja y él le contesta que á nadie a visto pasar. Vuélvese Guayota á su residencia y su mujer riendo estrepitosamente le dice: Pedazo de goro (cochino) -también significa el chiquero ó pocilga- aquél á quien preguntaste era el marido y el árbol del Mocán tu hija, vamos á cogerlos. Los hijos escalan el risco llamado hoy "Monte del agua agria" y al acercarse á ellos como por encanto la hija se convierte en agua ágria y él en risco por donde manaba el agua. Entonces la mujer de Guayota cansada y jadeante se vuelve á su cueva. Al día siguiente al amanecer vuelve á buscar á sus hijos y estaban en el mismo Vilaflor, aún durmiendo la mañana entre unos pinos, y al ver llegar á su desnaturalizada madre se convierten él en pino gigante que es el llamado hoy Pino gordo y ella en el pino denominado Madre del agua. Entonces la mujer de Guayota desesperada por no hallarlos exclama: ¡olvidados séais el uno del otro! Los pinos quedaron para eterna memoria y ellos, vueltos de su encantamiento, se desconocieron; ella fué para Adeje y él quedó en Chasna, después Vilaflor. Pasado un año trata de casarse el héroe ya referido, y en una reunión de mucha gente y guanchas de cabellera rubia y rostros algo morenos pero bellos, entra dentro de la cueva donde estaban reunidos una esbelta jóven, se pone en medio de todos cantando, silvando y de pronto se arrodilla y mira al techo de la gruta invocando rezos ó exorcismos que no comprenden, la miran creyéndola loca: debajo de su largo tamarco de pieles (especie de capa) traía un envoltorio de pedazos lanudos de cuero de cabra en forma de una persona y fijando su vista en el novio que iba á casarse y golpeándole con el citado envoltorio en forma de muñeco le dice: ¿Te acuerdas del gánigo (jarro) de agua que mi padre te ordenó sacaras de la vasija grande? -á la que respondió -jNo! A cuya respueta la joven menudeaba de la lindo los golpes con el muñeco. Lloraba él, y ella continuó. ¿Te acuerdas de la montaña, su sorribo, siembra, recolección y entrega de las cultivadas habas?: si recuerdo un poco -ya los golpes no le dolían tanto- ¿Te acuerdas cuando me sacaste del mar con un dedo de la mano derecha menos por ir á buscar un collar y un anillo de barro? el jóven fijándose en la mano, pone las suyas sobre las sienes como queriendo traer á su memoria vagas ideas y ella continúa diciéndole: ¿No te acuerdas cuando coloqué dos cueros con sangre de oveja para librarte la vida, cuando me convertí en Mocán y después en pino?; recuérdolo perfectamente, vén á mis brazos, tú eres mi bella Vilaflor, con quien me caso ahora es contigo, efectuándose la boda con gran contentamiento de los presentes. La novia celosa y airada dio su mano en el acto á otro que también la pretendía, dirigiéndose después cada matrimonio á su auchón ó cueva habitación. Al entrar óyese un terrible estruendo, la tierra se conmueve, los temblores se suceden con rapidez, un horroroso trueno se oye, todos salen asustados fuera de sus viviendas, y el espacio á pesar de la oscuridad de la noche, se ve iluminado por un resplandor rojo oscuro que ilumina toda la atmósfera; se dirige la vista al Teide y éste vomita de su profundo seno rocas ardiendo con ruidos espantosos, repetidos por los ecos de las montañas; cenizas ardientes caen á los pies de los atemorizados guanches, un olor á azufre penetra por el olfato y formidable río de lavas ardiendo en forma de cascada de fuego se precipita por una montaña. Es el volcán del Teide, residencia de Guayota, que al saber el casamiento de su hija Vilaflor, duramente enojado por creer que eran muertos sus hijos, les envía el fuego de los antros infernales y terrestres, dando espantosos estampidos, que son los gritos desesperados de Guayota, al querer convertir con sus fuegos la isla de Nivaria en una quemada roca volcánica pelada, desierta y aislada en medio del Océano; lo que no pudo conseguir porque todos pedían á Achuhuran (Dios) que tenía más poder que él y la isla se salvó.
Según el Sr. Cayol tiene otras historias tradicionales y es la siguiente: En el pago del Portezuelo había tres jóvenes hermanas alegres y divertidas. Se celebraba la fiesta de la Virgen de los Remedios en Tegueste y ya de noche a fin de ver los fuegos de la víspera, y disfrutar del baile salieron de su casa y en el punto denominado Infierno, donde concluye el camino, como fuera la noche tempestuosa y oscura perdieron la vereda. En esto una de ellas alcanza a ver a la luz de un relámpago una cruz que allí había hacía muchos años, de madera de tea, la que estaba incrustada entre añosas piedras y dijo a las hermanas <<Vamos perdidas, esta cruz sin duda debe ser de tea, partámosla y haremos hachos para alumbrarnos, pues no debe estar bendita>>.
Hecha pedazos la cruz encendieron de ella sus hachos y con ellos llegaron al lugar de la fiesta, donde gozaron del baile, regresando después las tres hermanas a su casa. El dueño del terreno donde la cruz estaba colocó otra nueva. D las tres hermanas la mayor a poco tiempo enfermo y fue hallada muerta al pie de la cruz, pasados algunos meses la segunda adoleció y enferma fue también allí a morir, sufriendo la tercera al año la misma suerte. Desde entoses los habitantes de aquellos campos dicen que oyen lamentos y ayees y ven sombras y gatos negros salir de las piedras de la referida cruz.
"Cautivado un canario de Tenerife en la costa africana, fue comprado por un moro, que lo dedicó a los quehaceres más penosos de su casa. La buena inteligencia y corecto comportamiento del cautivo, si no le consiguió la libertad, sirvióle para aliviar su mísera condición, pues el amo, contento de sus buenas cualidades, no sólo lo trataba bien, sino que se desdeñaba en hablar de él familiarmente. En uno de los años de cautiverio, como buen tinerfeño, púsose triste la víspera del día de la Candelaría, recordando la alegría que en su país debía haber en aquellas horas junto al Santuario.
Conociendo el amo la tristeza del esclavo, preguntóle la causa, y como el cautivo se alargara en contarle los favores de la Virgen a sus devotos y los portentos, que realizaba a su favor, añadiéndole que él esperaba le alcanzaría su libertad, puso esto en cuidado al moro, según la manifiesta esperanza de este.
Llegada la noche y creciendo más en el africano los temores de la libertad de su esclavo, para poder descansar de su cuita obligó al cautivo a que se metiera en el arca, y cerrándola con llave, acostose sobre ella a dormir. Ya cerca de la aurora despertose el moro por el canto de los gallos, y sorprendido por encontrarse al aire libre en la orilla del mar, no conociendo la silueta de la costa, que en la penumbra entrevía, preguntóle al encerrado, diciendo:
-Cautivo, ¿en tu tierra hay gallos?-y como le contestara afirmamente, le replicó-. Si la tierra en que estamos es la tuya, desde hoy tú serás libre mi amo y yo tu cautivo. Al ser de día, el moro encontróse con que, con el arcón y su cautivo, habían arribado cerca del pueblo de Candelaria, según pudo luego enterarse al abrir y liberara a su prisionero. El moro, convertido a la fe y bautizado, acabó sus días como fiel servidor del que había sido su esclavo".
“Parece ser que en el siglo pasado, o antes, vivieron en Granadilla dos amantes, llamados Juan y María. El se embarcó para América en busca de fortuna; y ella juró esperarle permaneciendo fiel a su amor. Años más tarde recibió María una carta de Juan, en que le participaba que ya era rico y que embarcaría pronto en un buque que salía con rumbo a Tenerife, conduciendo también a otros varios indianos, que venían a terminar sus días en la tierra natal. María esperó, ansiosa, la llegada del barco; mas pasaron primero los meses y después los años sin que llegara a Canarias, ni se supiera jamás cual fue su fin. Unos decían que una fuerte tormenta lo hizo naufragar; otros que un buque pirata lo había apresado, matando a la tripulación y pasajeros, y llevándose todo el oro que tan afanosamente habían adquirido los que llenos de ilusiones regresaban a la querida tierruca; pero lo cierto fue que María no supo más de Juan, y que poco a poco el sonroseo de su cara se fue convirtiendo en amarillez de muerte. Salía con frecuencia de su casa y marchaba a campo traviesa hasta llegar a la playa del Médano, que entonces carecía de viviendas; se sentaba sola y como alma en pena sobre esta roca, y se pasaba los días esperando la llegada de Juan. Acabó por olvidarse de regresar a Granadilla y por no hablar con persona alguna, llegando a decirse que se quedó muda y sólo salía de su garganta un congojoso rugido, análogo al bramar de las olas. Los pescadores le daban por lástima alguna comida, y, cada vez más triste y escuálida, con la flotante cabellera completamente blanca, acabó por desaparecer, como Juan, sin que jamás aquéllos encontrasen su cuerpo ni los harapos de su traje, por lo que unos decían que el mar, piadoso y condolido, la arrastró hasta unir sus restos a los de su amante, y otros aseguraban que un trasgo encantador la convirtió en roca, que antes no existió, y que es la actual Peña María.”
Las Fiestas de Mayo tienen una especial celebración en el núcleo poblacional de La Cruz Santa, núcleo que lleva su nombre y que tiene un especial significado, pues según cuenta la historia local, sus comienzos parecen asociarse con una entrañable y romántica leyenda que narra el siguiente acontecimiento: discurría el año 1666, comienzo del mes de las flores en el Pago de Higa - antigua denominación de La Cruz Santa -, cuando un jinete de una hacienda cercana se disponía a cruzar el barranco que actualmente divide este núcleo con el limítrofe del municipio cercano, su caballo quedó totalmente frenado y se negaba a pasar a la otra orilla. El hacendado golpeó al animal y éste, en un acto de rebeldía, le tiró de su montura. La sorpresa del señor fue tal que, al recuperarse de la caída, vio que el caballo escarbaba, y entre piedras y arena, descubría una cruz.
El jinete, tras este hecho, mandó construir una capilla en el montículo denominado de la Suerte - con el que actualmente se sigue conociendo a este lugar y al barranco - y dejó emplazada allí la cruz encontrada. Así nació La Cruz Santa.
El mito de Araguy (nombre aborigen de La Verdellada y su barranco, que indica el lugar por donde bajan las aguas) sostiene que, en la época prehispánica, existía una colonia consolidada de aborígenes que se dedicaba al pastoreo. Estos guanches han dejado diferentes "huellas" en el barranco en forma de grabados rupestres, así como restos de lo que fueron cabañas o cuevas habitadas. La leyenda afirma que, durante la Conquista de la Isla y durante una batalla entre aborígenes y conquistadores en esta zona, fue abatido un joven guanche llamado Güy al borde del barranco, cayendo al fondo, donde se encontraba su amada Ara, refugiada de los conquistadores junto a su rebaño de cabras en una pequeña cueva. Al ver la escena, Ara gritó de tal forma que, según el mito, se desprendió una gran laja de piedra del risco por el que cayó muerto su amado. Supuestamente, tras esta laja apareció un corazón pétreo partido a la mitad por el amor perdido, en una nueva y clara prueba del romanticismo que caracteriza a muchas leyendas populares canarias.Esta historia siempre se consideró puro mito, un cuento de abuelos, ya que casi nadie había visto nunca el corazón y los pocos que dicen o han dicho que lo han visto en su infancia en el barranco pensaban que había desaparecido con la canalización en la zona de la Casa del Barco. Sin embargo, ahora, y después de la limpieza a fondo del cauce tras décadas sin hacerlo, ha surgido la imagen de la foto. Los vecinos consideran el descubrimiento "sorprendente e histórico, que da pie a los románticos para creer en la leyenda".
"Encontraron una abundante fuente pero, la sorpresa del capitán y sus soldados fue grande al divisar entre aquella fronda, la esbelta silueta de una mujer aborigen, que mostraba en su cara hermosos rasgos femeninos, recogiendo agua con una vasija. La sorpresa fue tal por parte de ambos. Al sentirse sorprendida por aquellos extraños hombres la mujer huyó por entre la maleza, desapareciendo de la vista anonadada de aquellos soldados.
A las órdenes del capitán, cuyo corazón quedó prendado de aquella belleza inusual, la buscaron con presteza sin suerte. En fechas sucesivas, y esperanzadores intentos, volvieron por el lugar que con añoranza e ilusión denominaron "La Fuente de La Guancha".
Según las creencias populares, las llamadas eran mujeres que se dedicaban a hacer aquelarres en una zona montañosa del noreste de la isla.Este "bailadero de las brujas" está situado en las cumbres de Anaga, en la dorsal entre San Andrés y Taganana. Se dice que en este lugar las brujas bailaban entorno a una hoguera, de ahí el nombre de la zona "El Bailadero".
El historiador Domingo García Barbusano escribió;
"...Desde El Bailadero deambulaban, los días de aquelarre, a partir de las doce de la noche, hora en que acababan estas reuniones, un numeroso gentío: las brujas, compuestas con negros ropajes y abrigados sobretodos, sus amigas y esas otras personas que deseaban iniciarse en la práctica de la brujería; todos formando una compacta muchedumbre que, por la enriscada cumbre, bajaban lentamente para ver si encontraban algún caminante al que maleficiar".
Domingo García Barbusano, 1982:11
Un aquelarre (del euskera akelarre, "aker" = macho cabrio; "larre" = campo) es el lugar donde las brujas (sorginak en euskera) celebran sus reuniones y sus rituales. Aunque la palabra viene del euskera se ha asimilado en castellano y por extensión se refiere a cualquier reunión de brujas y brujos.
Se cree que en estas celebraciones las cohortes de brujas solían venerar a un macho cabrío negro, que tras horas de cánticos y ofrendas orgiástica podrían abrir un portal infernal en el centro del campo o cosechal para ofrendar culto y consulta a Satán, con el fin de obtener riquezas y poderes sobrenaturales.
ray Juan de Jesús, que empezó de tonelero en Icod de los Vinos, hizo luego florecer dos trozos de madera seca en el Puerto de la Cruz y al cabo de los años vino a dar -mínimo, humilde, pero con clara visón de las cosas y de los hombres- en la comunidad de frailes de San Diego, de una de cuyas higueras prendió un gajo en el huerto del monasterio de Santa Catalina de Sena, el cual, según es fama, dio higos en un tiempo en el que ninguna higuera del mundo hubiera podido darlos. Higos, naturalmente, milagrosos. Higos rezumando vida al borde mismo de la muerte de una religiosa sauzalera que abandonó este mundo en olor de santidad. <<Come cuando le doy. Le gustan las naranjas, mandarinas, las uvas moscatel, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel...>>
La historia de Gara y Jonay es una bella leyenda guanche. Gara era una bella princesa de La Gomera que se enamoró de Jonay, también príncipe, hijo de un rey de Tenerife. Jonay nadó, sobre unas pieles de cabra infladas de aire, desde Tenerife a La Gomera, para encontrarse con su amada. Pero los padres de la pareja, asustados ante los malos augurios de un Teide humeante, se opusieron firmemente a la relación.Gara y Jonay huyeron, entonces, al monte más alto de la Isla, hasta donde fueron perseguidos. Viéndose acorralados, afilaron un palo por sus dos extremos y, apoyándolo en sus pechos, se abrazaron para morir atravesados por la madera. Hoy, aquel monte y su Parque Nacional lleva el nombre de Garajonay, en recuerdo de aquellos jóvenes que escogieron morir juntos antes que vivir separados.
Ladón, el dragón de 100 cabezasEn la mitología griega, Ladón es un gigantesco dragón de 100 cabezas que custodiaba el Jardín de las Hespérides, un conjunto de islas paradisíacas que los autores de la antigüedad situaron en Canarias. Cuando Ladón, que los antiguos griegos "descubrieron" en el Teide, murió a manos de Atlas, su sangre corrió por la tierra y germinó en forma de dragos, árboles endémicos de Canarias que hoy son uno de los símbolos de la Isla.La sabia del drago, de un rojo intenso, y la forma retorcida de sus ramas, semejantes a un conjunto de cabezas sujetas a un grueso tronco, dieron lugar a que los autores clásicos vieran en cada drago un descendiente directo de aquel extraordinario dragón. Capaces de vivir durante cientos de años, los dragos eran objeto de veneración por parte de los antiguos habitantes de Tenerife, los guanches.
Los autores clásicos, varios siglos antes de Cristo, situaron el Jardín de las Hespérides en Canarias. Este lugar hace referencia a las islas paradisíacas en las que habitaban las Hespérides, las tres hijas de Atlas, el personaje mítico condenado a sostener la cúpula terrestre tras ser derrotado por Zeus. El Jardín estaba custodiado por Ladón, un fiero dragón de 100 cabezas por las que escupía fuego y al que los antiguos griegos "descubrieron" en la imagen del Teide en erupción En el Jardín de las Hespérides crecían manzanas de oro en los árboles y cuando a Hércules, otro personaje mítico de la antigüedad, le encomendaron sus famosas 12 tareas, una de ellas fue robar estas manzanas. Hércules convenció a Atlas para que las robase, porque le sería más fácil entrar en el Jardín engañando al dragón. Mientras, Hércules se comprometió a sostener, temporalmente, el cielo. Atlas aceptó y robó las manzanas después de matar a Ladón, que confiado, le había franqueado las puertas de aquel paraíso. Y aunque la intención de Atlas era huir y traspasar para siempre su pesada carga a Hércules, finalmente Hércules logró engañarle y devolverle a su lugar. Después, las manzanas fueron entregadas a Atenea, quien las devolvió al Jardín y a sus jardineras, las Hespérides.
Durante muchos siglos, incluso después de que las Islas Canarias fueran conquistadas por los españoles, imperaba la idea que éstas eran las cumbres de las montañas de la Atlántida, un gran continente sumergido entre África y América. Cuenta la leyenda que esta inmensa isla de la Atlántida, dominada por Poseidón, dios del mar, estaba habitada por los atlantes, un pueblo rico y sabio, además de justo, generoso y pacífico.Sin embargo, esto cambió y aquel pueblo virtuoso se volvió avaricioso y belicoso y fue entonces cuando Zeus, rey de los dioses, decidió castigar a los atlantes y, en una sola noche, provocó erupciones volcánicas y grandes maremotos que destruyeron la Atlántida. Aunque otra versión de la historia apunta que el verdadero motivo del castigo fue que los atlantes descubrieron los secretos de las energías cósmicas que controlaban sólo los dioses. En cualquier caso, el mito de la Atlántida sostiene que, bajo las aguas, aún es posible descubrir sus extraordinarias ciudades.
La leyenda de la isla de San Borondón, la "otra isla" canaria que aparece y desaparece, se debe a un monje irlandés llamado San Brandán, que inició una expedición marítima en 516 en busca del paraíso terrenal. Cuenta la historia que este religioso llegó a una exuberante isla de limpias arenas negras, donde vivió 7 años con sus compañeros de viaje, tras hacer los 40 días finales de su travesía sobre una ballena.Esta imaginaria isla, llamada San Borondón, estaría situada en el extremo occidental del archipiélago canario, cerca de El Hierro y podía ser observada desde El Teide. Presente, incluso, en los algunos mapas de la época, su descubrimiento y conquista llegó a ser objeto de discusión y acuerdo entre las potencias marítimas de Portugal y España. La leyenda continua viva hasta hoy, cuando hay quien asegura haberla visto entre un mar de nubes.
¿Quién fue San Brandán y en qué consitió su leyenda?. Dentro de la tradición celta hay que situar lo referente al monje irlandés San Brandán, Brendán o Bredano, que vivió en el siglo VI, fundador de un monasterio en Clonfert. En torno a él se tejió la leyenda de un supuesto viaje en busca del Paraíso.
El día 3 de mayo de 1493, el conquistador Alonso Fernández de Lugo arribó con quince barcos a las playas de Añaza, lugar que con posterioridad sería conocido como Santa Cruz de Tenerife. En el suelo de la costa clavó una cruz, la santa cruz de la conquista. Ese fue el comienzo de una cadena de luchas feroces en la que cientos de guanches perdieron la vida. Después de tres años de batallas sangrientas, en el mes de julio de 1496, los tinerfeños se sometieron a los dueños de la isla. Descendientes de esta buena y mala gente, no de otra, son los actuales pobladores.Sin embargo, la historia no avanza tan rápido como las palabras y todavía acaecieron mucha peripecias antes de pacificarse la isla por completo, incluso después de rendirse los reyes guanches.Muy arriba, en los alrededores de Chasna, había un grupo de aborígenes alzados que aun resistían a los conquistadores. La ubicación del valle, cercano al Teide y encerrados entre las altas montañas de la isla, permitía a los indígenas atacar a los conquistadores de manera contundente y retirarse con rapidez.Así llegamos a las postrimerías del año de la rendición. Alonso Fernández de Lugo dio órdenes al capitán Pedro de Bracamante para que encontrase y redujese a los guanches alzados.Bracamante reunió un grupo de hombres armados. Después de atravesar las tierras fértiles de Güimar, el profundo barranco de Herques, las cuevas de trogloditas en Fasnia, las secas laderas de Arico e internarse en los suelos abrazadores de Abona, llegaron a Chasna. Por más que buscaron, no vieron ni un alma.
Sin embargo, les sedujo el esplendor del valle y decidieron habilitar allí un campamento y enviar patrullas de observación por los alrededores. Poco a poco, lograron encontrar algunos de los guanches que se habían escondido en las grutas menos accesibles.
En una de estas expediciones, Bracamante dirigía la patrulla. Dentro de una gruta encontró a un grupo de indígenas, mujeres y hombres, que trataron de impedirles la entrada. Se defendían con fuertes golpes de banot y arrojaban piedras. Finalmente Bracamante y sus hombres, favorecidos por sus armas superiores, lograron reducir a los alzados.
Una vez los tuvo a buen recaudo, el capitán Bracamante miro a sus presas: doce hombres, entre ellos varios jóvenes corpulentos y fornidos, que seguramente se podrían vender-bajo cuerda, naturalmente-como esclavos a un precio excelente, siete mujeres, entre ellas una joven de belleza extraordinaria.
El capitán estudio con detenimiento el cuerpo de la muchacha. Ella le devolvió una mirada despectiva, escupió con desprecio al suelo y murmuro en su idioma nativo algo que él no entendió.
-Vigilad bien a estos esclavos.- ordeno Bracamante y, con una sonrisa aviesa, añadió:-De esta dama me ocupare yo personalmente.
La izo del suelo de forma brutal y ato sus manos a la espalda. Mantuvo entre las suyas el largo cabo de cuerda que habia sobrado del nudo y arrastro a la joven hasta su tienda. Ella comprendió que la resistencia por la fuerza no le serviría de nada. Opto por callarse y por mirarle mansamente, con sus ojos enormes y deslumbrantes. Bracamante acuso las miradas como si fuesen disparos de arcabuz. Descubrió la belleza salvaje de la aborigen y, al punto, pareció convertirse en un animal herido, ciego, alucinado. A partir de ese momento, solo sintió el deseo de acariciar sus largos cabellos azabaches, de besar sus labios sensuales como pétalos y de poseer aquel cuerpo exquisito.
Bracamante ordeno a sus hombres que no le molestasen bajo ningún concepto. Se retiro a su aposento de campaña con la intensión de romper la resistencia de la muchacha, utilizando únicamente su encanto varonil, sin recurrir a la fuerza. Pero no obtuvo resultados favorables. Aunque ella realizo todo lo que el oficial le pedía, el pudo sentir el odio de la bella indígena hasta en la tersura de su piel. Pasaron varios días y su locura amorosa se fue acrecentando. Pero también el rechazo y el desprecio de la guanche iban en aumento. Cuanto mayor era el deseo del español de poseerla y de someter sus sentimientos, mas lejos sentía a la muchacha.
Cinco días habían transcurrido y los hombres empezaron a desmantelar el campamento para volver a La Laguna con los prisioneros. Algunos de estos aprovecharon la desorganización de la retirada para huir a las montañas. Entre los que escaparon, figuraba la joven que tanto gustaba a Bracamante. Cuando esta se entero de la fuga, perdió la cabeza. Vociferaba como un loco, mandaba hombres a buscarla, el mismo vagaba de un lado a otro gritando su nombre. Más todos los intentos de capturar a los fugitivos fueron vanos.
Bracamante estaba fuera de sí. La muchacha parecía haberle echado un sortilegio. No parecía capaz de aguantar el dolor que le causaba la perdida. Enloquecido, se golpeaba contra los arboles y se arrojaba al suelo. Sus hombres intentaban por todos los medios tranquilizarle, pero no lo consiguieron.
Finalmente, se torno violento y lo tuvieron que atar con cuerdas para llevarlo a La Laguna. La saliva le caía por la comisura de los labios y se negaba a comer. Había momentos cuando se le veía sentado de una manera apática o tendida en su lecho, con la mirada absorta y los ojos vidriosos. Su agonía parecía aumentar cada día. El Adelantado Alonso Fernández de Lugo visitaba al enfermo con frecuencia y se notaba que sufría al contemplar como uno de sus mejores hombres enloquecía sin que nadie pudiese remediarlo. Transcurrieron tres largos meses de sufrimiento espantosos. La situación del pobre demente se deterioraba cada vez más, a medida que pasaba el tiempo.
Trastornado, obsesionado por el recuerdo de la hermosa guache, termino por perder todas sus fuerzas, extenuado por completo. Quienes lo cuidaban decían que solo hablaba incoherencias. Que en las madrugadas frías de la ciudad del Adelantado podía oírse su voz ronca retumbando en los claustros de los conventos de las monjas de clausura y rebotando en las campanas de las húmedas iglesias. Durante el último mes de agonía, siempre repitió lo mismo.
-¡VI-LA-FLOR-DEL-VALLE!
-¡VI-LA-FLOR-DEL-VALLE!
La tarde en que murió, Bracamante se mantuvo en silencio, con su mirada fija en las tablas de tea que revestían el techo. Unos segundos antes de fallecer, su rostro se dulcificó y susurro:
-VILAFLOR…
Después del triste final de su capitán, los soldados dieron al valle el nombre de de Vilaflor, sustituyendo el anterior topónimo, Chasna. Los alzados no aceptaron la nueva denominación, o quizás no llegaron a conocerla, y por esa razón, ambos apelativos han llegado hasta nuestros días: oficialmente, el pueblo se denomina Vilaflor, pero los vecinos le dicen Chasna.
Raúl E. Melo Dait
Varios cronistas describen con bastante exactitud, lo que pudieran ser "Gigantes" u hombres de dimensiones superiores a las normales, así Fray Alonso de Espinosa (1) nos describe a un gigante en Güímar
Hubo entre ellos gigantes de increíble grandeza, que, porque no parezca cosa fabulosa lo que se refiere dellos, no la digo.
De uno afirman todos en general, y se tiene por cosa cierta y averiguada, que tenia catorce pies de largo, y tenia ochenta muelas y dientes en la boca. Y dicen que el cuerpo de este está mirlado, en una cueva grande, sepultura antigua de los reyes de Güímar, cuyo sobrino era, que está en Guadamoxete. Este murió en una batalla...
y que recogió Béthencourt Alfonso (2) en la tradición con el nombre de Emotio.
La macana...es legendario, que el ejemplar existente en el Museo Municipal, encontrado en una cueva de Araya de Candelaria, tuvo un mango de acebiño de 2 varas de largo y fue la macana de combate del célebre gigante Emotio.
Asimismo nombra a una guancha de nombre Miota
Giganta de Güímar, mujer del gigante Emotio. Cuéntase que al ver caer a su marido en el campo de batalla, embistió al enemigo matando e hiriendo a varios.
Así mismo Marín de Cubas (3) nombra otro en el término de Arico al que llamó Junicajo
Daban noticias de haberlos habido (gigantes) uno en el término de Arico llamado Junicajo, onde se señala estar sepultado y ser muy largo de cuerpo; y también está señalado el sitio de una hoguera onde se calentó y curó las heridas de todo su cuerpo untando con manteca y sacado los pedazos de banotes o puntas de palo, que muchos guanches armados contra él solo hirieron y lastimaron; habiendo el primero hecho en ellos grande mortandad, y por último de cansado fue vencido.
Pero, vamos con los testimonios Arqueológicos que nos da Béthencourt Alfonso
En una loma de Guayero de la jurisdicción de Chasna y sobre un suelo rocoso de piedra de cantería, hallase desde tiempo inmemorial el trazado en relieve de una persona conocida por la Medida del Guanche. Esta especie de bajo- relieve sobresale como unos 0,23 centímetros a todas luces labrado con piedra que hizo el oficio de cincel o piqueta, con la particularidad de que la cabeza está representada por una depresión o séase su molde, situado sobre un plano más elevado que el resto de la superficie: Dicho molde representa con bastante exactitud la forma de la cabeza. La figura del cuerpo aparece tendida en decúbito supino, orientada de N. a S. Con la cabeza hacia la serranía central de la isla, limitando el contorno de la totalidad del bajorrelieve una ranura artificial de 0,23 centímetros de ancho por otro tanto de profundidad. Sus dimensiones son:
De la coronilla a los pies................................................2,99 metros
Del cuello a los pies........................................................2,53 “
Diámetro trasversal en los hipocóndrios........................0,69 “
En Chasna sobre Ifonche, en una zona llamada Guayero, encontramos la que todavía se llama Montaña de la Medida donde hemos encontrado lo que nos describió Béthencourt Alfonso, de lo cual podemos apreciar no solo la fotografía, sino las medidas reales, que como se puede apreciar, son muy exactas a las descritas.
Igualmente en la jurisdicción de Granadilla, donde llaman “El Desierto”, “Era de la Medida” o “Medida de los Guanches”, existen las figuras de dospersonas trazadas sobre una roca de tosca o toba, que según tradición que viene de padres a hijos es la reproducción de los cuerpos de un matrimonio de gigantes guanches. Aparecen delineadas las figuras como si a dos personas tendidas boca arriba, con una lasca cortante de piedra le trazaron los contornos, impulsando la laja con fuerza y repetidas veces para dejar huellas imborrables.
Varón: De la coronilla a los pies.................2,94metros
Largo de la cabeza...........................0,40 “
Hembra: de la coronilla a los pies................2,67 “
Largo de la cabeza..........................0,35 “
Todavía hoy en día quedan los restos de lo que vio nuestro investigador, aunque muy deteriorado ya que junto a ellos se ha construido una casa y un gran corral para las cabras, aunque como en el caso anterior las medidas siguen siendo muy similares.
Existía otra “Medida de Guanche” en la hoy montaña dela Medida, en el Escobonal, que desapareció con motivo de unos trabajos hace muchos años.
Hay un barrio en Güímar muy cerca del Escobonal con el nombre de La Medida, así mismo queda el topónimo de “Costa de la Medida”.
Lo que no hemos podido encontrar en este lugar es la Montaña de la Medida ya que no queda este topónimo, en cambio en una calle que hay encima de la Iglesia se llama Lomo de la Medida y por encima en los altos Medida alta, toda esta zona es una gran montaña de Toba, muy perfecta para poder haber grabado estas medidas, así como cazoletas y canaletas, hoy muy probablemente destruidas por la roturación de los terrenos para cultivos.
En la Antigüedad era palpable la creencia de pensar que el Atlántico estaba lleno de gigantescos monstruos que destruían los navíos y devoraban a los tripulantes que se atrevían a aventurarse mar adentro. En cualquier momento se podían suceder tempestades y tormentas o ser engullidos por un gigantesco remolino. El mundo se entendía como un disco plano y navegando en el Atlántico se podría llegar al fin del mundo y precipitarse por sus abismos. Además las corrientes marinas de Canarias desvían los navíos hacia el mar Caribe, y por lo tanto fueron muy pocos los navegantes que en la época antigua llegaron a las costas canarias. Otra teoría indica que fueron los mismos fenicios -grandes comerciantes y marinos- quienes airaban estas leyendas, como grandes conocedores de las costas europeas y del Norte de África con el fin de alejar a posibles competidores de ciertas zonas
La leyenda de la Niña de las Peras es una de las más populares y a la vez la que ha sufrido más transformaciones a lo largo del tiempo. Según las referencias encontradas podemos situar el inicio de los hechos entre 1890 y 1910. Unos padres enviaron a su hija al Barranco en busca de fruta pero la niña desapareció. Es de suponer que la zona fue minuciosamente rastreada por los vecinos del lugar sin embargo la niña no apareció. Al menos no en aquellos años. La niña regresó a su casa varias décadas más tarde, sin embargo para ella apenas habían pasado unas horas y cuando lo hizo seguía manteniendo el mismo aspecto que tenía el día en quedesapareció. La versión que la niña contó después de su reaparición fue la siguiente: Al parecer fue hasta el Barranco en busca de la fruta que sus padres le habían encargado y se quedó dormida al pie de un peral donde más tarde fue despertada por un ser muy alto vestido de blanco. Este ser no le inspiró ningún miedo por lo que accedió sin reparos a la invitación que éste le hizo de que lo acompañara. La niña siguió al Ser hasta el interior de una cueva en la que habían unas escaleras por las que descendieron. Al finalizar del descenso se encontraron en un jardín en el que habían más seres como el que la había guiado hasta allí, todos vestidos de blanco. La niña se entretuvo unos minutos charlando con ellos hasta que al fin su extraño acompañante la guió de nuevo a la salida de la cueva y se despidió de ella. Algunas personas nos han asegurado que la Niña de las Peras sigue viviendo aún en el mismo barrio (San Juan), pero no ha querido nunca darse a conocer.
Al igual que el caso de los tres seres blancos la denuncia de la desaparición de la niña de las peras debió de ser destruida transcurrido el tiempo establecido por la Ley.
Datos personales: Dos mujeres tinerfeñas llevaron ese bello nombre, una fue princesa y la otra reina. La que fue reina forma parte de la leyenda, la princesa era hija del mencey Beneharo II de Anaga y se casó con Tinguaro ( hermano del mencey Bencomo ) teniendo de esta unión tres hijas y un hijo.
En la Batalla de Aguere, Tinguaro muere a manos de un castellano. Este suceso se superpone en algunos historiadores con el de la muerte, un par de horas más tarde, del propio Bencomo , mencey o rey de Taoro. Además entra en conflicto con lo narrado por algún historiador, según el cual Tinguaro muere en Taoro a los dos días de la batalla, a consecuencias de sus heridas.
En la versión histórica más asentada, después de muerto Tinguaro en Aguere, Alonso Fernández de Lugo, que capitaneaba las fuerzas castellanas, ordena que le corten la cabeza. Puesta en una pica, es llevada al campo enemigo. Sus guerreros la recogen para honrarla con una ceremonia fúnebre, dirigiéndose la comitiva presidida por Guajara al reino o menceyato de Taoro.
Cuenta la tradición que Guajara, enloquecida de dolor tras la muerte del príncipe en la batalla de Aguere, se refugió en la cueva de Martiánez, en el norte de la isla, en el actual Puerto de la Cruz, por ser dicha cueva considerada como un remanso de paz. A pesar de ello, creyendo que Tinguaro descansaba en los brazos de Guacimara, huyó de la cueva. Después de vagar sin rumbo, desesperada, tomó la decisión de precipitarse desde la cima de una montaña. Conocida hoy como el Alto de Guajara
Hoy “Tarucho”,el cuervo, no sabe dónde ir. Vuela sin rumbo, jugando con el viento, dejándose llevar. Aquí se siente seguro, protegido por profundos barrancos, precipicios abiertos al vacío y acantilados inaccesibles sobre el mar. Un mundo casi aéreo, hecho a la medida de un pájaro.
Podría ir por cangrejos a la playa de Masca al final del barranco; o remontar los acantilados costeros y probar suerte con los lagartos gigantes, que solo viven allí, ocultos en estrechos andenes. También podría subir barranco arriba dejando atrás las extrañas plantas que cuelgan de las paredes y que nunca ha visto en ningun otro lugar. Si logra sobrevolar el mar de retamas que se desborda desde las altas cumbres de Baracán podrá saltar a los fértiles valles de el Palmar o Erjos. O mejor aun, atracarse de frutos de madroños y creces de fayas en el Monte del Agua.
Ya pasaron los tiempos en que los abuelos de “Tarucho” dominaban los cielos de Teno. Hoy, estos barrancos remotos y aislados brindan seguridad y refugio a muchos seres amenazados. Se dicen que los cuervos so buenos indicadores de calidad de un paisaje, por eso no es de extrañar que en el Parque Rural conserve buena parte de las ultimas de cuervos que aun quedan en Tenerife.
Según cuenta la leyenda, una mujer recién casada que vivía en Valle Guerra y a la que llamaban Rosario, tuvo que separarse un día de su marido, ya que éste emigró a Cuba para mejorar sus condiciones económicas. Una vez en Cuba, se puso a vivir con otra mujer, enterándose Rosario gracias a las cartas que le mandó una amiga desde aquella isla del Caribe.
En Canarias, Rosario acudió a una vieja bruja, a la que llamaban Seña Remedios, que le confió una práctica diabólica, por medio de la cual llegaría junto a su esposo. Esta práctica consistió en que, a las doce de la noche, las aguas de la playa de La Barranquera se convirtieron en un lebrillo, en cuyo interior fueron transportadas a Cuba Rosario y Seña Remedios.
Una vez en tierras cubanas, Rosario visitó a su marido, pasando la noche con él, sin ser reconocida por éste gracias al embrujo que la poseía. Al dar las doce de la noche del día siguiente, hora en que se rompería el embrujo, Rosario hubo de dejar tan rápidamente a su esposo que, entre abrazos y besos, le arrancó una manga de la camisa.
Al parecer en la playa de Valle Guerra, junto con su amiga seña Remedios, vio que todavía tenía la manga de la camisa, la cual guardó en su casa en una vieja caja de cedro.
Pasado el tiempo, Rosario mostraba su avanzado estado de gestación, por lo cual fue muy criticada en todo el pueblo de Valle Guerra. Pero a pesar de todo, Rosario dio a luz un hermoso niño al que puso por nombre José, como su marido, lo que levantó gran indignación entre los habitantes del lugar. Ante este hecho, Rosario sólo sufría y esperaba ansiosamente la llegada de su marido.
Por fin, un día el marido llega a Canarias, e indignado también él, pidió una explicación. Rosario reunió a su esposo y a los habitantes de la zona donde vivía y exclamó a los cuatro vientos:
“Yo nunca te engañé yo siempre te he amado, ¿Pero la manga de tu camisa dónde la has dejado?”
Al rato, Rosario entró en la casa y, saliendo con su hijo y la manga que le había desprendido a su marido en Cuba, exclamó:
“Esta es la manga que en Cuba te arranqué, hoy te la devuelvo con tu hijo José”
Su marido comprendió, y también comprendieron los vecinos los cuales, “como alma que lleva el diablo”, salieron de aquel lugar ante tal acto de brujería.
Esta leyenda fue recogida por Domingo García Barbuzano y publicada en su libro “La brujería en Canarias” (1994), Centro de la Cultura Popular Canaria.
En un principio era Achamán, dios poderoso y eterno que se bastaba a sí mismo. Antes de él sólo había la nada y el vacío, el mar no reflejaba el cielo y la luz aún carecía de colores. Achamán también se llamaba Abora y también Alcorac. A él debían su existencia las criaturas, pues creó la tierra y el agua, el fuego y el aire, y toda la vida que en ellos cabía. Achamán habitaba las alturas y a veces las cumbres de las montañas para regocijarse contemplando lo que ante su mirada se avivaba. Un día se detuvo Achamán en la cima de Echeyde. Desde allí su obra le pareció más bella y perfecta, como si la descubriese por vez primera, y pensó que debía compartirla. Entonces decidió hacer a los seres humanos para que también ellos admirasen lo creado, para que de ellos hicieran uso y para que lo conservasen...
El aire andaba espeso, turbio y ardiente. Las nubes se arremolinaban tropezando entre ellas, también las aguas del mar andaban revueltas. Los animales estaban inquietos. Hasta la coruja, que sólo merodea en lo oscuro, voló bajo la luz. Aquellos signos presagiaban que Guayota estaba próximo. Apareció Guayota y se apoderó de Magec, el sol, dejando el cielo a oscuras. Todo fue una noche cuando aún era el día. Rogaron entonces a Achamán los guanches para que tuviera misericordia, que devolviese al día sus luces, que su poder librase de todo daño. Achamán atendió las súplicas y acudió dispuesto a defenderlos. Guayota, con Magec prisionero, se había ocultado en los adentros de Echeyde. Allí fue a buscarle Achaman. Cuando lo halló, el suelo se abrió en truenos, estampidos y temblores que aturdían a las islas más lejanas, fue el comienzo del combate. Por el cráter de Echeyede, Guayota arrojaba humos, peñascos encendidos, lenguas de lava, azufres y escorias con los que intentaba doblar a Achaman. Aire y cielo se convirtieron en un lamedal hirviente tan encendido en brasas que causaba espanto. Y prosiguió Guayota vomitando fuegos hasta que Achamán, al fin, logró vencerle. Como castigo a su maldad lo encerrró para siempre dentro de Echeyde. Después devolvió a Magec al cielo para que siguiera iluminando la tierra, y enseguida el día volvió a ser día y se aquietaron las aguas y las nubes. Guayota, cautivo desde entonces, aún respira en lo más alto de Echeyde.
En viejos romances canarios corría de boca en boca la triste historia de Amarca, la celebrada doncella indígena. Tan gallarda era su figura, tan peregrina su belleza que llegó a ser envidiada de todas las doncellas. Tenía su morada en las bellas alturas de Icod. Su rústico albergue parecía como un nidal colgado en las crestas de la montaña, para sustraerse a las miradas y a la ambiciones esas aves rapaces, embaucadoras, que se llevan a las muchachas guapas. Hasta el rústico hogar de la doncella llegó un día Belicar, el último Mencey , Rey y señor de estos dominios de Icod y quedose atónito y deslumbrado ante la extraordinaria belleza de la joven. Desde aquel día memorable acrecentose su fama y corrió como fausta noticia por todo el Menceyato. Una condición tenía la moza que contrastaba con lo humilde de su linaje: su natural altivo y desdeñoso. Amarca veíase continuamente asediada de amores por muchísimos hombres y otras tantas sembró el dolor y la decepción en sus amantes. ¿ A quién amará Amarca?, preguntábanse intrigada los zagales. ¿Para quién será el corazón de aquella belleza hija del Teide?. Guarecida a las faldas del coloso siempre entre las nieves. Lo Sorprendente nueva no se hizo esperar mucho tiempo. Uno de los más aguerridos vasallos del Reino, Garigaiga, el pastor, había enloquecido por Amarca. Amarca esquivaba su cariño; repudiaba su pasión local, desenfrenada. Repelía al hijo del Volcán, el de la tez hirsuta y morena y los brazos recios como robles. Enloquecido por el dolor de verse desdeñado, una tarde mientras los horizontes teñíanse de sangre y el sol moribundo plateaba las aguas del Océano como un riera de luna en una noche de misterio, vióse que Garigaiga, en el borde de un alto precipicio, agitaba sus brazos como banderas en la premura. Viose arquear el cuerpo hacia delante, hundir la cabeza sobre el pecho y partir veloz hacia el abismo. La noticia del trágico suceso no tardó en extenderse por todas partes. Las mujeres, culpaban su egoísmo, y a sus desdenes atribuían la muerte del pastor. De pronto Amarca desapareció, nadie sabía cual había sido el destino de la doncella. Sólo un anciano que una mañana la había visto descender de las cumbres y caminar como una sonámbula hasta las orillas del mar, hallábase en posesión del secreto. Qué no la buscasen, más parecía decir sus labios fríos y trémulos plegados para siempre y el anciano aquél lo contó todo. Una semana al brillar los primeros destellos del sol, vio que Amarca se arrojaba al abismo, y después de luchar con el bravo oleaje, llevábase la mar adentro una ola alegre y corretona como un niño. Era la época del "Beñesmen", de la sazón y de la riqueza de las mieses, eran los días de placidez y de luz, y todo sumiose en sombras y lágrimas... Amarca había aparecido muerta sobre las arenas de la playa, la habían matado un remordimiento muy hondo. El Mencey Belicar mandó que se cantasen tristes endechas; que se encendiesen luminarias en los cerros, y que los más fornidos mozos, como real costumbre en los días aciagos, azotasen con sus varas las aguas del mar. Mandó también que se ungiese su cuerpo con los más olorosos perfumes, que no en vano era la flor más preciada de la comarca. Al cabo de los años cuando algún nocturno caminante cruzaba las cumbres del Teide, un lamento extraño escalofriante, deteníase acongojado. Era una voz débil, apagada, dolorida, que se aparecía surgir del fondo del barranco. Era aquel mismo clamor de súplica, de pena, de trágica agonía que tantas veces balbucearan los labios febriles de Garigaiga, el loco: "Amarca......hermana Amarca".
Una tarde en la remota antigüedad, cierto navegante mercader llegaba de las costas mediterráneas en busca de sangre de Drago producto muy en boga y de gran importancia en la elaboración de ciertas preparaciones de la farmacopea, y desembarcó por la playa de San Marcos, de Icod de los Vinos para llevar a efecto su lucrativo propósito. Estando ya en la playa sorprendió allí a unas infantas o damas de esta tierra, que conforme al rito tradicional se bañaban solas en el mar aquella tarde veraniega. El intruso navegante las persiguió, logrando apoderarse de una de ellas. Esta trató astutamente de conquistar el corazón del extraño viajero para lograr huir, y con signos de consideración y amistad le ofreció algunos hermosos frutos de la tierra. Para aquel navegante que venía detrás de la sangre del Drago, y traía metido en la imaginación y en el alma el mito helénico de las Hespérides, los frutos que aquella dama de esta tierra le ofreciera, pudieron muy bien parecerle las manzanas del mítico jardín. Mientras él comía gustosamente desprevenido, la bella aborigen saltó ágil al otro lado del barranco, y velozmente huyó hacia el bosquecillo cercano escondiéndose tras la arboleda. El viajero sorprendido en principio trató de perseguirla de cerca, pero vio con sorpresa que algo se interponía en su camino, que un árbol extraño movía sus hojas como dagas infinitas, y que el tronco parecido al cuerpo de una serpiente se agitaba con el viento marino y entre sus tentáculos se ocultaba la bella doncella guanche. El navegante lanzó un dardo que llevaba en sus manos, contra lo que a él se le figuró un monstruo, con gran miedo y asombro y al quedarse clavado en el tronco, del extremo de la jabalina empezó a gotear sangre líquida del Drago. Confuso y atemorizado el hombre huyó laderas abajo, se metió en su pequeña barca y se alejó de la costa; porque iba pensando en su corazón, que había sorprendido en el jardín a una de las Hespérides a la que salió a defender el mítico Dragón...